FIFA se comió el cuento de los precios y ahora el mundo no quiere pagar.
Escrito por Manolo Rodríguez / @tabdeportes 13 de mayo de 2026
Hay una tradición casi inevitable en los grandes eventos deportivos: semanas antes del pitazo inicial, llueven los problemas. La infraestructura no está lista, la logística falla, los boletos son caros, la organización tambalea. Y entonces, como por arte de magia, comienzan los juegos, la pelota rueda, la emoción se apodera de todo, y nadie recuerda los titulares catastrofistas de semanas atrás. Así ha funcionado siempre. Desde los Juegos Olímpicos hasta la Copa del Mundo.
Pero el Mundial 2026, el más ambicioso de la historia, con 48 selecciones y tres países sede —Estados Unidos, México y Canadá, tiene un problema distinto. Uno que no se resuelve con un gol en tiempo de descuento ni con la energía del estadio a tope. El problema es el dinero. Y eso, señores, es otro cuento.

Precios que hacen llorar hasta a los más ricos
Desde el momento en que FIFA reveló los precios de los boletos para esta edición del torneo, las alarmas sonaron por todo el planeta. No era para menos. ¿Una entrada para la final? Aproximadamente 33,000 dólares por un asiento de primer nivel. Treinta. Y. Tres. Mil. Dólares. Para ver noventa minutos de fútbol —aunque claro, no cualquier fútbol.
Y como si eso fuera poco, los precios no terminaban ahí. Estacionamiento: cientos de dólares. Transporte público: tarifas hasta cinco veces más caras de lo normal. Paquetes de hospitalidad al precio de un automóvil compacto nuevo. Y, para coronar la locura, festivales para aficionados al aire libre con pantalla gigante, sin partido en vivo— con entradas de tres dígitos. Sí, leyeron bien: pagar para ver el partido en televisión, pero afuera y con multitud.
Ante las críticas de aficionados y hasta de políticos, FIFA soltó un puñado de boletos “económicos” para calmar las aguas. Un gesto simbólico que no convenció a nadie.
Gianni Infantino y la teoría del hot dog
El presidente de FIFA, Gianni Infantino, salió a defender los precios con una lógica que dejó a más de uno rascándose la cabeza. Argumentó que el mercado norteamericano simplemente es así de caro, que no se puede comparar con Europa o Latinoamérica, donde los clubes se ven como patrimonio comunitario y los revendedores están restringidos o prohibidos.

Tiene algo de razón. En muchos países, ir al fútbol es un derecho casi popular. Aquí, en Norteamérica, el deporte es negocio puro y duro. Pero entonces Infantino se pasó de la raya y afirmó —con total seriedad— que es imposible ir a un partido universitario en Estados Unidos por menos de 300 dólares. Una exageración tan grande que hasta sus propios aliados tuvieron que bajar la mirada.
¿Y cuál fue su propuesta para los que pagaron una fortuna? Prometió entregarles personalmente “un hot dog y una Coca-Cola” para que disfrutaran la experiencia. Genial solución, Gianni.
La demanda que nunca llegó
A menos de un mes del inicio del torneo, la realidad es contundente: los boletos no se venden como FIFA esperaba. En el mercado de reventa, la disponibilidad es amplia para la mayoría de los partidos. Un análisis reciente reveló que el precio mínimo disponible bajó en 76 de los 78 partidos que se jugarán en suelo estadounidense. Y en casi la mitad de los juegos de la fase de grupos, los revendedores ofrecen entradas por debajo del precio oficial de FIFA. Señal inequívoca de que mucha gente quiere recuperar aunque sea algo de lo que pagó.
¿Quién va a pagar cientos de dólares para ver a Jordania enfrentarse a Austria o a Bosnia contra Catar? La respuesta, al parecer, es muy poca gente.
El contexto que FIFA no calculó

Hay factores que ningún organizador pudo haber anticipado del todo. La guerra en Irán, la escalada de aranceles del presidente Donald Trump, su actitud hostil hacia los aliados tradicionales de su país y el clima geopolítico general han enfriado el entusiasmo de los turistas internacionales. Miles de habitaciones de hotel permanecen vacías en las ciudades sede. Los visitantes que se esperaba que llegaran de Europa, Latinoamérica y Asia están repensando sus planes.
Y por si hacía falta más sal en la herida, el propio Trump —a quien Infantino tanto cortejó— declaró públicamente que él tampoco pagaría esos precios desorbitantes por un boleto mundialista. Cuando el mandatario del país anfitrión dice eso, la señal no puede ser más clara.

¿Qué hará FIFA?
La pregunta que todos se hacen es si FIFA, faltando tan poco, va a lanzar una ola de descuentos de último minuto para evitar el bochorno de gradas semivacías en el evento más importante del fútbol mundial. Ya lo hicieron con el Club Mundial de Clubes del año pasado, aunque ese torneo tenía sus propias complicaciones de credibilidad.
Pero esto no es el Club Mundial. Esto es la Copa del Mundo. Y las sillas vacías en un Mundial no solo son un fracaso comercial. Son una imagen que se graba en la historia. FIFA lo sabe. Y el tiempo corre.
El fútbol siempre encontrará la manera de brillar cuando el árbitro haga sonar el silbato. La pregunta es si habrá suficientes aficionados en las tribunas para verlo.
