Escrito por Manolo Rodríguez / @tabdeportes · 6 de mayo de 2025

El mejor jugador en la historia del baloncesto boricua falleció este martes tras batallar contra el cáncer colorrectal. Un grande que redefinió lo que significa vestir la camiseta de Puerto Rico.

Hay muertes que duelen distinto. La de José “Piculín” Ortiz es de esas. No porque no se supiera que venía, el diagnóstico de cáncer colorrectal llegó a finales de 2023 y la batalla fue larga y dura, sino porque había algo en Piculín que hacía creer que ni la enfermedad podría con él. Que iba a encontrar la manera de ganar, como siempre lo hizo. Pero este martes, acompañado de su esposa Sylvia Ríos, su hija Neira y sus seres queridos en el Hospital Ashford, el Concorde aterrizó por última vez.

Puerto Rico perdió hoy a su jugador más completo. Al hombre que tomó 6’11 pulgadas de estatura y un corazón descomunal y los puso al servicio de una isla entera durante más de dos décadas. Nació en Aibonito el 25 de octubre de 1963, aunque se crió en Cayey, y desde que cruzó las puertas de una cancha de baloncesto quedó claro que estaba hecho de una madera diferente.

“Si ser inmortal representa que todo el mundo se acuerde de ti, bienvenido sea. Es la parte bonita de tantos años dedicados a este deporte.”

Lo curioso es que Piculín no nació amando el baloncesto. En sus años escolares en la Benjamín Harrison tocó el béisbol y el voleibol antes de que alguien con buen ojo lo convenciera de pararse debajo del tablero. Tenía 17 años cuando debutó en el Baloncesto Superior Nacional con los Atléticos de San Germán en 1981. Con el famoso “Monstruo Anaranjado” quemó tenis por 14 temporadas y puso tres trofeos de campeón en la vitrina sanjermaneña. Fue allí donde el legendario narrador Manuel Rivera Morales le colgó el apodo que lo siguió por siempre: el Concorde, como el avión más veloz que cruzaba los cielos. Un nombre perfecto para alguien que hacía cosas en la cancha que nadie más podía alcanzar.

Si San Germán fue su cuna profesional, Puerto Rico fue su verdadero hogar. Con la selección nacional, Piculín escribió cada página gloriosa del baloncesto boricua. Cinco Mundiales FIBA. Cuatro Juegos Olímpicos. Medallas de oro, plata y bronce en competencias continentales y mundiales. Un currículo que ningún otro jugador de la Isla puede igualar.

Y sin embargo, hay una noche que por encima de todo define quién fue José Ortiz. Era 2003. El Coliseo Roberto Clemente estaba a reventar. Puerto Rico necesitaba vencer a Canadá para clasificar a los Juegos Olímpicos de Atenas. Piculín tenía casi 40 años, el cuerpo pedía retiro y la presión era insoportable. Lo que hizo esa noche no fue un partido de baloncesto: fue una obra de arte con ropa deportiva. Terminó con 21 puntos, 10 asistencias, 10 rebotes y siete tapones. Un triple-doble con tapones. En una clasificación olímpica. Con casi cuatro décadas encima. Nadie lo había visto antes y nadie lo volverá a ver.

“Esa noche ante Canadá iba dispuesto a morir con las botas puestas. Pero ganamos. ¡Y de qué forma! Sin duda alguna, a nivel individual fue el mejor juego de mi vida.”

Ese boleto a Atenas tuvo consecuencias históricas. Sin él, Puerto Rico nunca hubiera estado en Grecia. Y sin Grecia, jamás hubiera ocurrido lo que ocurrió: la victoria sobre el equipo de Estados Unidos, el primer Dream Team derrotado en unos Juegos Olímpicos desde su creación en 1992. Un resultado que sacudió al mundo entero y que todavía hoy se celebra como el momento más grande en la historia del deporte puertorriqueño.

Fuera de la Isla, Piculín también dejó huella profunda. Estudió en la Universidad de Oregon State, donde se graduó en Comunicaciones. El 22 de junio de 1987 fue seleccionado por los Utah Jazz en la primera ronda del draft de la NBA, en el turno 15. Jugó en España con el CB Zaragoza, el Real Madrid y el Barcelona, donde ganó la Copa del Rey de Baloncesto. En Grecia levantó la Copa Korac en 1995 con el Aris Tesalónica y en Venezuela condujo a los Guaiqueríes de Isla Margarita al título nacional en 1997. Donde quiera que llegó, dejó campeones.

Su vida también tuvo capítulos difíciles. Una acusación de dopaje en Grecia, que él siempre negó y ganó legalmente en corte, marcó uno de sus momentos más oscuros. Pero Piculín fue de esos que se levantan. Rehízo su vida junto a Sylvia, regresó al BSN con los Cangrejeros de Santurce, ganó cinco títulos más y se despidió del deporte activo en 2006 con los Capitanes de Arecibo. Luego probó suerte en la política sin éxito, abrió una pizzería en La Parguera que se convirtió en todo un éxito, y en marzo de 2019 recibió la llamada que coronó todo: fue exaltado al Salón de la Fama del Baloncesto Internacional de FIBA en Pekín, China. Solo el segundo boricua en alcanzar ese honor, tras Teófilo “Teo” Cruz.

Hoy Puerto Rico llora, y tiene todo el derecho. Piculín Ortiz no fue solo un jugador extraordinario. Fue el espejo en el que una isla pequeña se miró y se vio grande. Fue el tipo que con su cuerpo, su talento y sus ganas demostró que sí se podía. Que desde Aibonito, desde Cayey, desde San Germán, se podía llegar hasta el Salón de la Fama del mundo.

El Concorde no vuela más. Pero su ruta quedó trazada para siempre en el cielo del deporte puertorriqueño.

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